domingo, 5 de diciembre de 2010

Domingo de esparcimiento






Domingo, día de gloria, de descanso, día para compartir, para olvidar la rutina y creer que el ocio es el único motivo para respirar. Como regalo divino, el sol le ganó una partida a las tormentas, y como es domingo, su presencia es fundamental en aquel espacio que entre cósmico y paradisiaco, convoca a las familias para que convivan en medio de la arena, del agua y la lúdica.

Pies desnudos, carcajadas, gotas de sudor, cabellos al viento, pieles al sol, cuerpos en movimiento apropiándose de un lugar que, más que un parque, es una morada para que las familias del norte, del sur, de arriba, de abajo, de allá o de aquí, hagan realidad algunos de sus deseos.



Desde las 10 de la mañana, el parque es habitado por niños que solo entienden de diversión y jóvenes que no les interesa conocer las reglas. Los niños imaginan que se están empapando en una piscina de olas, se sienten exploradores en la playa,  atraviesan puentes colgantes, juegan al teléfono o saltan la cuerda. Pero los jóvenes, juegan al fútbol o se desplazan por el área principal del parque en sus patinetas, juegos prohibidos en el parque, por lo que al ser descubiertos por un guarda de camisa roja, se ven obligados a abandonar el sitio.




También circulan por doquier padres y madres que cansados de trabajar toda la semana, hacen un esfuerzo para pasar un día en familia, para sentir que se rompe la rutina y que la ciudad les brinda una opción para el disfrute. Algunos se sumergen en la arena con sus hijos y los apoyan en la construcción de castillos, carreteras, o en la típica enterrada en la arena, como en las playas de Cartagena.


Otros, delatan los niños que llevan adentro al jugar ajedrez o twister, y la mayoría prefiere observarlos desde el malecón o la orilla, vigilando que nada les pase y guardando bajo su custodia el tesoro más preciado: el almuerzo.


Igualmente hacen presencia en el parque, parejas que disfrutan de su amor y de observar cómo se comportan algunas familias. Afortunadamente dentro de las restricciones que emite el megáfono aún no existe: “recuerde que en el Parque de los Deseos está prohibido abrazarse o besarse”.

Por decisión o por falta de dinero, las familias cambian las grandes atracciones por el aire libre, el aprendizaje y la lúdica, colmando el parque de colores, olores y gestos que denotan jubilo, así al otro día allá arriba o aquí abajo, empiece la jornada y con ella la cotidianidad.



Al caer la tarde, algunos emprenden la ruta caminando hacia sus casas, otros se van en metro, algunos en bus y muy pocos en moto. 

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